miércoles, 23 de agosto de 2017

Agua, aceite, artista, deportista

Gemelos no significa necesariamente iguales. De hecho podría aspirar a acertar que significa todo lo contrario, completamente opuestos. O por lo menos así son Javier y Matías.

De hecho ellos son mellizos, la gente no me lo cree cuando me preguntan, pero son de bolsa diferente, engendrados en días diferente (después les contaré esa historia, no apta para un blog sobre niños) y con tipo de sangre diferente. “Ay pero si son igualitos” me dicen en la calle. “No podrían ser más diferentes”, respondo casi siempre.

Desde pequeños las diferencias son palpables, Matías se tiraba del tobogán más grande apenas días después de haber aprendido a caminar, mientras Javier se mecía suavemente en la hamaca, bien lejos del temido tobogán. Matías se dormía tranquilo en su cuna, abrazado a Tigre, el peluche; para que Javier se durmiera tenía que quedarme a su lado cantando todo mi repertorio de canciones, infantiles o no, él simplemente necesitaba una voz a su lado para poder cerrar tranquilamente sus ojos.

También con el tiempo sus rasgos de personalidad fueron cambiando, incluso intercambiándose entre ellos, luego pasó a ser Javier el que se aventaba de muros altos o se subía a la parte más arriba de los inflables en las fiestas de cumpleaños, Matías lo esperaba abajo, brincando en el tapete, sin subirse al brinca brinca.

Javier es un niño dulce. Matías es tierno, y aunque podría sonar a sinónimo, no lo es. Javier es dulce con sus intenciones y sentimientos, la mayoría de las veces muy maduros para su edad, siempre preocupándose por los demás. Matías es tierno porque todavía es muy niño, muy inocente. No se puede ir a dormir sin nuestro ritual de besos.

Sus castigos no se originan por los mismos motivos. Muchas veces están castigados al mismo tiempo, pero por razones diferentes, como cuando terminaron castigados porque durante una de esas mejengas importantes de fut que se juegan en la cochera de la casa, Javier metió un gol que no fue gol y al ser el árbitro de turno, además de jugador, lo pitó como válido, por lo que Matías en su frustración e incapacidad de expresar su enojo con palabras se fue a donde él, lo pateó, lo empujó y lo botó al suelo. Javier como respuesta decidió ponerlo en su lugar, lo jaló hasta el cuarto, lo regañó y lo encerró por varios minutos.

Cuando me di cuenta, estaba Javier sentado afuera de su puerta y Matías lloraba desde adentro.
-         -  Matías no puede salir, está castigado por malcriado – me dijo muy serio y autoritario.

-        -  ¿Qué fue lo que pasó? – le pregunté. Me explicó toda la pelea – pero tranquila mami, ya lo regañe y castigué, por eso está encerrado.

Y empezó mi retahíla, pero Javier, usted no puede castigar a su hermano, usted no manda, todo esto mientras Matías lloraba como recién nacido y yo no encontraba la llave para abrir la puerta.

Ahora, los castigos tampoco pueden ser los mismos, ya que sus gustos varian. Matías es de fútbol y artefactos tecnológicos, él es que nos enseña a Andrés y a mí cómo poner los videos de YouTube del celular en el tele y para que un castigo le duela hay que suspenderle su tiempo de tablet o televisión. A Javier todo esto le da lo mismo, lo disfruta pero no sufre si no lo tiene, él es más difícil de castigar, él es un artista y se la pasa pintando, leyendo, escribiendo, le fascina hacer que estudia y también estar en su oficina, correcto, tiene oficina. Así que por ahí va el castigo.

-          - Matías hoy usted no ve tele por patear a su hermano, Javier hoy no puede ir a trabajar por encerrar en el cuarto a Matías.

Javier en su oficina
Matías "conectado"

Javier es normalmente callado y calmado, Matías más bien habla como un loro y a veces desearía poder darle un estatequieto.

Uno ordenado por Javier, el otro por Matías

Otro aspecto que tiene diferente es el orden. Para Matías acomodar es meter todo dentro de una caja y lograr que cierre, para Javier es un asunto más serio, hay que acomodar por categorías, color, tamaño y forma.

Javier está en clases de piano, lleva solo unas semanas, pero por su hábito de practicar todos los días, varias veces al día, cierro los ojos y me lo puedo imaginar dando un concierto en el Teatro Nacional como pianista invitado de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Matías es deportista, no importa lo que juegue, el carajillo es buenísimo. Se baila con la bola a todos los del barrio y es el goleador, en básquet, tira la bola de espaldas y sin esforzarse la encesta y se encontró en la casa de mi hermano una raqueta de tennis y ahora juega contra una pared. A él me lo imagino dentro de unos años jugando en el Real Madrid y luego pasará a retirarse con los Cleveland Cavaliers

-          - Mami, ¿es cierto que a las chicas les gustan los artistas? – me preguntó Javier un día en el carro – yo vi que en Gravity Falls lo dijeron.
-          Así es Javi – y lo veo por el retrovisor como sonríe con emoción, miro al otro lado en donde Matías tiene un semblante preocupado, las chicas en este momento de su vida y seguro que para siempre, son parte importante – Pero Mati, también les gustan los deportistas – y su cara brilla con la sonrisa de triunfo.

Cuando las personas me dicen que qué difícil tener gemelos, yo solo pienso, al igual que el tema de esta historia del blog, que es todo lo contrario. Tener bebés gemelos fue hermoso, caótico y algunas veces frustrante, pero nunca dejé de ver la dicha de tener dos hijos creciendo al mismo tiempo, siempre imaginándome cómo serían cuando fueran más grandes y ahora que ya llegamos a ese punto, como bien me lo recuerdan cada vez que pueden,  puedo ver como cada uno tiene definida su personalidad, finalmente llegué a conocer a mis hijos, sé qué les gusta y qué no y que necesariamente no es lo mismo, como muchas personas suponen. Pero también sé que a pesar de sus diferencias, sus corazones son iguales de bondadosos y no importa si llegarán a ser grandes pianistas o famosos futbolistas, serán buenas personas y con eso me conformo. 

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domingo, 12 de febrero de 2017

Cuando el amor entra en el juego

Javier y Matías a sus casi seis años son todos unos expertos en el amor. Saben lo importante, hay que respetar a las personas y amar a las más cercanas.  Reconocen que se aman entre ellos y aman a sus papás, abuelas y abuelos, pero no paran ahí, ahora resulta que tienen novias!! Y están enamorados… No sabía que en este punto empieza una a darse cuenta que criar varones no es nada fácil.

Al principio las amaban a todas, tenían novias, varias cada uno, en el kínder y por más que yo les explicara que eran amiguitas, ellos no diferenciaban.

-          - Hoy mi novia fue Alba, dijo una vez Javier.
-          - La mía fue Valeria, le respondió Matías.
-         -  Nooooo, chicos, así no es. No pueden cambiar de novia todos los días, cuando sean grandes pueden tener una novia a la vez, si les deja de gustar, pues terminan y después tienen otra, además, ¿Monse, Valeria y ellas, saben que son sus novias?
-          - JAMÁS mami, no qué vergüenza, ¿cómo les vamos a decir?, me respondían muertos de la risa y de la pena.


Hoy, ya en preparatoria, dicen tener solo una novia, la misma desde el año pasado. Ya son hombres de una sola mujer, dos diferentes por lo menos, porque todo pre kínder compartieron la misma novia, vivieron los dos todo el año enamorados de la misma compañera y muy orgullosos decían que su novia era la misma; lo hermoso del amor entre niños, no hay celos ni peleas.

Seguro al tener “una relación estable” por cierto tiempo con la misma compañerita, que por cierto, aún no sabe ella que son novios, porque todavía les da vergüenza decirlo, ha hecho que los gemelos profundicen más en el tema. Ven televisión y si en alguna película los personajes se dan un beso, ellos se levantan a aplaudir y se ríen con emoción, devuelven la escena para verla varias veces y preguntan cuándo le pueden dar un beso en la boca a una niña?

-          - Hasta que se casen! Respondo yo con voz de histérica, en broma, pero en realidad no tanto, tratando de preservar la inocencia de mis niños.

Y hablando de inocencia, esta poco a poco se ha ido llenando de preguntas curiosas con las que yo me hago bolas tratando de responder de la manera más normal, informativa y casual posible, que no se me note el miedo, que no lo huelan. Porque si lo hacen, en cualquier momento se me escapan de las manos y cuando me de cuenta ya se habrán convertido en todos unos adolescentes y ahí sí que vendrá el terror.

A veces ellos creen que saben mucho, todos unos conocedores del mundo adulto, como cuando Matías se puso dos limones abajo del cuello y me dijo “mira mami, tengo tacones como tú”. ¿Tacones? Me costó un poco entender lo que decía, él busco en su mente una palabra relacionada con las mujeres y asumió que era la correcta, quería decir: mira mami, tengo pechos. En momentos como ese, luego de reírme como desquiciada y explicarle la diferencia anatómica entre los hombres y las mujeres, me doy cuenta de que aún no saben nada y la inocencia sigue casi intacta.

Al contrario, en otras ocasiones siento que en realidad sí saben mucho, talvez desde su perspectiva de ver el mundo todo es más simple. Mi hermano Santiago se iba a ver con una amiga y Javier de la nada le aconsejó que no dejara que se le “subiera el corazón, porque después ella se daba cuenta”. De esta forma tan sencilla le dio a entender algo así como que no ande mucho detrás de ella, mejor ser deseado que sobrado.

Muchas veces me dejan pensando cómo es que saben tanto sobre temas que aún no hemos hablado? Pura intuición? Como cuando un día Andrés y yo veníamos discutiendo un poco en el carro con ellos atrás y Matías nos dijo “porqué mejor no dejan de pelear, se dan un beso en la boca y así hacen un bebé y todos nos ponemos felices”. No nos quedó otra que quedarnos callados, estoy segura que los dos pensamos “cómo sabe eso este chiquito?”, y finalmente darnos el beso. Adiós pelea.


Aquí el tema del amor y sus aristas da para tanto que contar y pensar, sobre todo pensar, en las noches cuando no puedo dormir tratando de resolver todos los problemas pasados, presentes y futuros, sobre cómo criar a los hijos para que sean buenos hombres y sobre todo respetuosos hacia las mujeres; yo creo que esa es una de las preocupaciones más grandes de una como madre, pero me parece que con todo y las historias graciosas que tendremos para contar, vamos por buen camino. 
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viernes, 9 de septiembre de 2016

¿Cómo criar gemelos y no morir en el intento?

Fue un 9 de setiembre de hace seis años, cuando mi vida cambió por completo. Después de pasar horas llorando en el baño, salí a anunciar que estaba embarazada. A pesar de ser una gran sorpresa, todos se lo tomaron con calma.

Fuimos al doctor y luego de un ultrasonido lo confirmó.

-         -  Felicidades, tiene un bebé sano creciendo dentro de usted.

Uno! En ese momento estaba asustada por tener un bebé, me hubiera encantado estar frente  a un espejo para verme la cara de atónita o que alguien me estuviera filmando cuatro meses después, cuando la doctora, luego de un detallado ultrasonido en el que solo decía “no puedo creerlo, cómo no vi esto antes, en dónde estaba metido”, me informó que habían dos.

-          - ¿Dos qué?, pregunte como tonta
-          -  Pues dos bebés! ¿Qué más?

Felicidades! Van a tener gemelos, varones los dos, vayan con Dios.

Y vino de nuevo el llanto desenfrenado, moquiento, el que hace que una haga bien feo. Lloraba del miedo, de la preocupación, por mi inutilidad, de nuevo por el miedo y vi toda mi vida en un segundo. Vi dobles cajas de pañales a la semana, miles de chupones, doble coche, doble ropa, dobles pares de zapatos, hasta doble universidad, todo al mismo tiempo.

Luego vino la semana del shock, así me gusta decirle porque en realidad así pasó. Una semana en la que yo no me lo creía, la gente me hablaba y me felicitada y yo solo asentía y medio sonreía. No hablaba, no salía de mi estado de ¿Oh por Dios y ahora qué voy a hacer?

Ahora puedo decir que me estaba ahogando en un vaso de agua; no estaba sola, siempre tuve a Andrés conmigo, que siendo él gemelo me ayudó a entender lo maravilloso que iba a ser nuestra vida. Estaban mis papás, mis suegros, cuñados y más personas para apoyarnos, en fin, sobrevivimos y hoy puedo escribir las historias que tantas veces he contado cuando me preguntan, ¿Cómo hizo con gemelos?
Siempre he dicho que el día más feliz de mi vida no fue cuando ellos nacieron (no piensen mal de mí, ya les cuento). Javier nació con complicaciones respiratorias y estuvo internado en cuidados intensivos, con muchos cables conectados y Matías nació muy pequeñito, estuvo en incubadora por dos semanas, así que no tengo un día favorito, sino dos, los días en los que a cada uno le dieron la salida del hospital y pudimos llevarlos a casa. Primero llegó Javier quien estuvo solo y desubicado, sin su hermano a la par. Luego llegó Matías, los pusimos juntos y ellos no dejaban de tocarse la carita. No se han separado desde entonces.

El primer mes pasó, no dormimos una sola noche, comían en turnos separados, había que cambiar demasiados pañales, pero una vez más, sobrevivimos; pero cuando a mami se le acabaron las vacaciones y dejó de estar en mi casa todo el día ayudándome y Andrés regresó también a trabajar, me vi frente a estos dos diminutos bebés, ellos viéndome con esa expresión de “hola, sos responsable de nosotros, tenés que cuidarnos y hacer que crezcamos fuertes y sanos, suerte!”.

Poco a poco aprendí que las mamás tenemos que buscar la forma de ser creativas e ingeniosas. Al principio me daba contra las paredes de la frustración pero me di cuenta que en lugar de enredarme sola y complicarme, tenía que hacer mi vida más sencilla, cuidar un bebé no debe de ser muy distinto de cuidar dos...

Así que para que ninguno se me quedara sin comer (pasó un día en el que Javier comió dos veces seguidas porque yo me confundí y creí que la segunda vez le estaba dando de comer a Matías), hice una pizarra en donde iba apuntado la hora en la que cada uno comía. Felices y llenos los dos.

Ya un poco más grandes, pero aún sin poder sostener su chupón, les acomodaba las almohadas para que estas lo sostuvieran, así  mientras uno comía, yo tenía las manos libres para hacer otras tareas, como cambiar más pañales.
Cuando empezaron a caminar y tenía que perseguirlos, por cierto nunca había estado en mejor forma que en esta época de mi vida (era como entrenar para una maratón), decidí que lo mejor era andarlos con correas, sí, como perritos. Aunque en público todo el mundo me mirara con ojos de “ay que horror esa mamá”, yo caminaba con la cabeza muy en alto y con la confianza de que ninguno iba a salir corriendo y se me iba a escapar y perder, porque era rapidísimos los bandidos.
Ahora todo es un poco más fácil, se cuidan entre ellos, hemos ido aprendiendo juntos, a cómo lidiar, no con ellos, sino con la situación. A saber manejarlos, a no hacer comparaciones, a hacerles entender cuando entraron al kínder que no todos los niños tienen un hermano gemelo (llegaron muy preocupados porque los demás niños estaban solos, sin nadie igual a la par) y en realidad, recordando por todo lo que pasamos puedo decir, y siempre se lo digo a la gente, que tener gemelos no es tan difícil como parece. No era necesario pasar una semana en shock. Sí se puede sobrevivir en el intento.  Hoy no me imagino mi vida sin ese par de niños que llenan mi mente de preocupaciones, pero mi corazón de un profundo amor.
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martes, 23 de agosto de 2016

El dinero, los negocios y los gemelos

Bueno, ya con los gemelos más grandes y con mayor entendimiento sobre cómo funciona el mundo, debo decir que ya comprenden el valor del dinero…

Un día Javier le limpió la casa a mi mamá, y con decir limpió no miento, la barrió toda y hasta pasó el trapito; cuando terminó, la abuela le dio unas monedas y él muy contento entendió por dónde va el asunto.

Matías, que no es el más laborioso de los dos, ordenó sus zapatos (acomodó la casa, según él) y llegó a cobrar su parte, le di unas monedas y le brillaron los ojos.

Hace un tiempo empezaron las clases de natación, ¿se acuerdan de cuando casi nos ahogamos? Bueno, a raíz de eso vimos la importancia de unas clasecitas. Al principio lloraban mucho, toda la clase, con desesperación, así que Andrés vio como una solución ofrecerles monedas al que no lloraba. Poco a poco les fue gustando la clase, dejaron de llorar y empezaron a cobrar su premio y ahora, dos meses después y con bastante tiempo sin lágrimas en la piscina, siguen pidiendo sus recompensas en efectivo.


¿Qué hicimos? ¡Creamos unos hijos consumistas dependientes del dinero!

Lo rescatable de esto es que el dinero lo ahorran, tienen unas alcancías de Batman y Superman que ya vivieron su primera colecta de monedas, ahora guardadas en el banco. Así que podemos decir que estamos ahorrando para el futuro. 

Javier dice que él se va a comprar el carro más chuzo que exista y Matías dice que él no quiere gastar su dinero, que él puede pasear en el carro de Javier.

Después de que Matías me contara esto lo vi como en verdad es, una persona sumamente astuta.

Un día me terminé de convencer de que sí lo era. Estaban los dos conversando afuera, siempre trato de escuchar desde lejos sus conversaciones porque son de lo más graciosas, pero esta era diferente. Javier le estaba cobrando a Matías por jugar con él.

-          - Matías, si quieres que juegue futbol contigo, me tienes que pagar, dos monedas de las grandes.

Yo inmediatamente lo regañe y le expliqué que eso no se hace, que no se puede cobrar por esas cosas, los hermanos no se hacen eso, y bla bla bla, bla bla bla… Seguro eso empezaron a escuchar los dos en su cabeza porque Matías corrió a su cuarto, escuché como sacudía la alcancía,  bajó con las dos monedas y se las dio a su hermano.

Hicieron la transacción al frente mío, como si yo no estuviera ahí regañándolos. En su mundo de gemelos, muchas veces yo soy invisible. Javier subió a su cuarto a guardar sus monedas en su alcancía y yo volví con mi discurso.

-          - Mati no tenías que hacer eso, Javi no te puede cobrar para que juegues con él.
-          - Tranquila mami, ¿sabes de dónde saqué las monedas?
-          - ¿De dónde?
-         - ¡De la alcancía de Javi!

En eso llegó Javier muy contento y que no creía en nadie, según él había hecho el negocio de su vida. Preferí no decirle nada, todos merecemos ese sentimiento de haber alcanzado el éxito.


Ya estamos explicándoles la forma justa y honrada de hacer y ahorrar dinero, pero si Matías aplica la misma astucia que tiene y Javier su visión para hacer negocios, ya sé quiénes serán los millonarios de la familia y espero en unos años estar escribiéndoles una nueva historia desde Europa, cuando nos lleven a pasear!!
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lunes, 1 de agosto de 2016

Pita el aaaaaarbitro, vamos al fútbol!!

Javier y Matías son todo lo que el papá siempre soñó, unos fieles, reales apasionados, fanáticos del fútbol.

Lo primero que hacen los domingos cuando se levantan es prender el tele y pasar por todos los canales de deportes, que ya se los saben y ponen solos, para ver qué partidos hay. No les importan los equipos, ellos escogen por colores.

-        -   Yayi yo voy con los azules.
-        -   Ok Matías, entonces yo voy con los blancos.

Y no necesariamente tienen que ser de ligas europeas, ellos aún no son clasistas con el deporte, con tal de ver fútbol pueden echarse los 90 minutos de Barrio México contra San Carlos y aún así apreciarlo.

Quieren pasar todo el día jugando fútbol, en la cochera, en el patio, en un pasillo, en la sala, con un peluche eso sí para que no quiebren nada. Una de las maravillas de tener un hermano gemelo, siempre hay alguien con quien  jugar. Se inventan sus propias reglas, uno es el árbitro y el otro el narrador del partido que siempre empieza con el tan conocido “vamos al fútbol”, e inicia el juego de sus vidas.

-        -   Mami, hoy tenemos un partido muy importante, me dice Matías, así la bola sea el peluche de la Vaca Lula que tienen por ahí.

Y estos partidos tienen penales, tiros libres y hasta copias. Cada gol o falta va con copia incluida. Así le dicen a las repeticiones, que son ellos volviendo a hacer la jugada.

Todo esto nos ha llevado a grandes discusiones familiares, Andrés siendo Saprissista envenenado y Madrilista hasta la muerte, espera la misma lealtad por parte de sus hijos. Con Matías no hay mayor problema, el sigue los pasos de su papá, pero Javier se está mostrando rebelde desde pequeño, así que él le va a la Liga y al Barcelona, en el fondo creo que es solo para llevarle la contraria y hacerlo sufrir, porque Andrés sufre y mucho y trata de arreglarlo, hasta me preguntó si será bueno castigar a Javier para que cambie de opinión. Ya que mi argumento de “déjelo ser” no lo convenció, aún estamos buscando otra solución para este gigante conflicto familiar.

Sé que Javier no se toma tan en serio lo de los equipos porque así como existen dos tipos de personas en este mundo: los que les gusta el frío y los que les gusta el calor. Los que prefieren las mañanas y los de la noche, los que son de pizza hasta la muerte y los de hamburguesas sin pensarlo, están los fieles a su equipo en las buenas y en las malas y están los que no les gustan perder. Javier es uno de ellos, él apoya al equipo que va ganando, el que meta más goles y termine de campeón y la prueba más grande de ello fue su falta de patriotismo en uno de los partidos de nuestra adorada Selección Nacional.

Los llevamos por primera vez al Estadio Nacional a ver jugar a la Sele contra Venezuela, la felicidad en la cara de mi niños por ir a “la cancha más grande del mundo”, desde su perspectiva, sigue siendo de mis momentos favoritos y todo iba súper bien, gritando y apoyando al equipo hasta que cayó el primer gol y no fue de los nuestros, la Vino Tinto nos metió el primero, todos nos sentamos decepcionados y empezamos a pedir con cara de sufrimiento un gol. Javier no, él no se complica, mientras Matías casi llora, él se subió el zipper de su sueter para que no se le viera la camisa roja, y empezó a apoyar a Venezuela, a gritar y aplaudir, el muy vende patrias. Claro, no le duró mucho porque ya sabemos quién gano ese partido, así que al ratito se volvió a abrir el abrigo y se convirtió de nuevo en un apasionado costarricense apoyando a su selección.

Así como en el último mundial unió al país en una sola burbuja de felicidad, el fútbol une a mi familia con una inmensa alegría, juntos vemos los partidos que ellos juegan en el parque; yo que en la vida he practicado ningún deporte, jamás hacer ejercicio porque odio sudar, termino corriendo detrás de ellos con la cara roja y sin aire tratando de quitarles la bola, Andrés tiene lo que todo padre siempre desea, compartir momentos futboleros con sus hijos. Juntos vemos los partidos de la Sele, Matías llora desconsolado cuando pierden, Javier se pasa de equipo y siempre gana y al final se van juntos a jugar afuera otro partido.

Pita el aaaaaaarbitro…. No más.

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viernes, 20 de mayo de 2016

Cuando casi nos ahogamos

Esta es la historia de cuando casi morimos ahogados.

Bueno, así sería si fueran los gemelos los que estuvieran escribiendo esta historia. Especialmente Javier, porque para él, fue una experiencia cercana a la muerte.

En realidad el asunto no es tan serio, no se asusten ni alarmen (mami, tranquila, estamos bien).

Hace unos días fuimos a la playa y había en el medio del mar, una “ciudad flotante”, como un brinca brinca inflable gigante, amarillo y visto desde lejos, el mejor lugar del mundo. Lógicamente quería llevar a los gemelos, fieles fanáticos de los inflables, pero el primer paso iba a ser convencer a Javier, al que desde pequeño no le ha hecho mucha gracia la inmensidad del mar.

Hay que resaltar que hasta este año, en enero, los gemelos se atrevieron a tocar el mar con sus pies por primera vez en sus cinco años de vida. Todos los años el paseo familiar a la playa ha sido una tragedia; ellos ven el mar, gritan de pánico, yo los llevo a la fuerza para que se les quite el miedo, ellos gritan más despavoridos, yo, en ataque de histeria les grito, Andrés, mi esposo sumido en el ambiente de histerismo, nos grita a todos. En fin, terminamos pasando el resto del paseo en la casa viendo desde bien lejos las olas.

Pero este año algo cambió en ellos (estarán creciendo mis niños?) y solitos se dejaron mojar hasta las rodillas, y hasta una ola los revolcó y no se murieron del susto!!

Después de este proceso sanador con el océano, creí que estábamos listos para el siguiente paso, brincar como locos en una ciudad en el medio del mar. Aquí quiero detenerme y decir que todo esto fue mi error.

Le pusimos el chaleco salvavidas a Matías, todo bien, se lo pusimos a Javier, ya estaba llorando con histeria. Yo no calculé el hecho de que para llegar a la ciudad sobre el agua hay que nadar, así a punta de brazadas, unos 200 metros. Yo no soy muy ágil para la natación y con un monito guindando en mi cuello gritando que se iba morir, he de decir que estuvo complicado.

Mi hermano Santiago iba nadando con Matías, con él fue más fácil porque entre las mil diferencias entre los gemelos, una es que Matías es más mandado, o sea, no mide aún el peligro y sus consecuencias, así que él no vio nada arriesgado nadar en mar abierto.

Javier, él es otra cosa.

-          - Ay Dios mío, mami, me muero!! Me ahogo!! Me hundo! Oh my God!!

Si, hasta en inglés estaba buscando la salvación divina.

Y es que él en verdad creía que no lo íbamos a lograr y se iba a morir, y si hay que confesarlo, yo veía cada vez más lejos la tan añorada ciudad flotante. Cada brazada, se alejaba la muy malvada.
Pero Santiago y Matías iban adelante y no podíamos devolvernos y dejarlos solos, así que seguí nadando con el mono gritón, diciéndole que estábamos cerquísima y finalmente llegamos y nos subimos en el inflable.

Si nadar para llegar fue una tragedia, brincar ahí fue toda una fatalidad. Con cada movimiento del inflable Javier gritaba que se iba a morir, y yo sentada con él tratando de calmarlo.
Santiago y Matías se fueron a saltar a un tipo de trampolín, pero a medio camino, en una parte en donde había que volver a tirarse al agua para pasar, Santi me volvió a ver y lo que vi en sus ojos fue pánico, el mismo que veía en Javier.

Resbalándome por todo el inflable, que ya por cierto había perdido toda la gracia y diversión que le vi desde la orilla, fui a ver qué pasaba. Estaban en el agua rodeados de peces globo y no podían volver a subirse a flote. Jalándolos de las piernas con desesperación y como si lo que hubiera en el mar fueran tres tiburones blancos, los subí y nos quedamos respirando agotados. Yo no sé si los peces globo son peligrosos o no, solo sé que se inflan y dejan expuestas un montón de púas y nos imaginé a los cuatro muriendo desangrados en el mar por culpa de las punzadas de un cardumen de peces globos.

Ok, parece que Javier heredó mi sentido de fatalidad.

Ya éramos tres personas en pánico, porque Santiago tampoco es muy valiente que digamos. Matías no estaba muy contento, ya no quería saltar y empezó a hacer la carita de cuando está a punto de llorar. Era el momento de hacer retirada.

Nos tiramos de nuevo al agua para nadar los 200 metros de vuelta, yo rezando para que ningún pez globo se hinchara y nos matara. Javier todavía guindando de mi cuello gritando que su final en esta vida estaba cerca y Matías y Santiago delante de nosotros desesperados por llegar a la orilla.

Cuando finalmente tocamos la arena y Javier se soltó, salimos todos corriendo a quitarnos el chaleco salvavidas y prometernos que por mucho, mucho tiempo, no se nos iba a volver a ocurrir la idea de volver a la ciudad flotante en el medio del mar.

De todo esto puedo sacar que las mamás también tenemos miedo y pasamos por episodios de pánico exagerado, pero igual que cuando se dice “si hay pobreza, que no se note”, si estas muerta del susto, que tus hijos no se den cuenta.

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viernes, 8 de mayo de 2015

Una aventura a lo desconocido

Se reunieron e idearon un plan. Discutieron la situación, meditaron los pros y los contras. Todo lo que podía salir mal, pero el gran beneficio que obtendrían si lograban su cometido. Uno no estaba muy convencido, tenía miedo; el otro lo convenció con argumentos sólidos. Parecía muy complicado y difícil de ejecutar, pero no podían dejar pasar la oportunidad.

Suena como a una película de acción, pero así es como yo me imagino que Javier y Matías vivieron su primera travesura planeada.  Los puedo ver en mi mente como si fueran Liam Neeson y Jason Steadman planeando una travesía a lo desconocido, a un lugar en donde tendrían que pasar muchos obstáculos, pensar bien sus movimientos y avanzar con precaución. Un viaje que harían ellos solos por primera vez: bajarían las escaleras mientras Andrés y yo dormíamos y se comerían todos los confites que tengo guardados en la refri.

Así fue como en realidad sucedió.

Como todos los sábados, mis hijos piensan que  es un día normal de la semana y se levantan a las seis de la mañana para ir al kínder, aunque se los repita todos los viernes en la noche que el día siguiente es sábado y podemos dormir un rato más, ellos deciden ignorarme y madrugar de todas formas. Yo creí que ya habíamos llegado a esa edad en la que ellos se pueden entretener solitos un rato mientras nosotros dormimos un poco más, hasta el momento no habíamos tenido ningún inconveniente. Se despertaban, les prendía el televisor de su cuarto, ellos se quedaban tranquilos y nosotros disfrutábamos de una hora más de sueño.  

Un sábado hace poco, Javier tuvo lo que él consideró una idea genial, algo que nunca habían hecho. Y se lo dijo a su hermano, (de nuevo, así es como yo recreé toda la escena con lo que ellos después me contaron).

-         -   Tías, vamos abajo a comernos los confites de la refri!! Papi y mami están dormidos.

Matías al principio no quería, no estaba muy convencido.

-          - No Yayi, mejor no. Después mami nos regaña y no hay más tele.

Cuando me contaron esto, supe quién va a ser el de las ideas y quién el que las va a pensar dos veces.

Igual no duró mucho y Javi lo convenció con dos palabras: muchos confites!

Y bueno, lo planearon y lo hicieron. Javier quitó la baranda, bajaron de puntillas las escaleras, saludaron a Bali, la perrita, para que no ladrara, se metieron en la cocina y se comieron una infinidad de confites a las siete de la mañana. Me los puedo imaginar sentados una hora en el piso de la cocina, con la puerta del refrigerador abierta todo este tiempo, pelando confites, chorreando babas de dulce, chupando popis, ¡hasta el maní de las piñatas se comieron! Por lo menos tuvieron la decencia de botar todo al basurero.

¿Y cómo me enteré yo de todo esto? Ellos solitos se echaron al agua. 

Cuando me desperté y bajamos a la cocina para desayunar, ellos venían muertos de la risa. Esa risa de cómplices que hacen y no aguantaron la emoción de contarme lo que para ellos fue toda una aventura. Tomaron solos una decisión e hicieron un viaje al piso de abajo, algo que nunca habían hecho.

Ahí empezaron a hablar casi a gritos de lo emocionados que estaban. Que bajaron de “puntitas” para que no los oyéramos, que “Tías no quería, pero yo le dije que sí, vamos vamos”. Que botaron todo a la basura para que yo no me diera cuenta. Pero de lo que más orgullosos se sentían es que lo hicieron solos.

-         -  Vinimos solos mami, Yayi y yo bajamos solos hasta la cocina.

Yo no sabía ni que hacer, no podía para de reírme al verlos a ellos tan felices y emocionados. Pare un segundo a pensar si debía regañarlos por comerse todos esos confites sin preguntar y hacerlo  tan temprano en la mañana. ¿Estuvo bien lo que hicieron? ¿Qué les digo? Y como a una nadie le enseña a ser madre y se va aprendiendo sobre la marcha, decidí que esta es una ocasión para reírse y no para regañar.


Andrés bajó a la cocina a ver qué era todo ese ruido y los gemelos volvieron a narrarle su travesía hacia los confites, con la misma emoción en la cara; terminamos ese sábado en la mañana los cuatros sentados en la cocina muertos de la risa escuchando una y otra vez lo que para ellos ha sido, hasta ahora, su gran aventura. 
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